Por: Zulma Camacho G.
Identificarse como trabajador de la fábrica Manaco abría puertas de cualquier lugar. Ser manaqueño era motivo de orgullo, todavía lo es, a 71 años de la creación de esta manufacturera.

“Los trabajadores eran líderes por naturaleza. Para nosotros un trabajador de la Manaco era un emblema”, exalta Hugo Santa Cruz, un vecino de Quillacollo.

Si en algún lugar había desorden, los trabajadores iban y se imponían en cualquier intento de revuelta. A la cabeza del sindicato, salían marchando por las calles y entraban a los mercados o a la sede de los transportistas de la línea “1 de Mayo” para fijar los precios y tarifas del transporte, cuando éstos intentaban imponer precios abusivos.

Este orgullo y cariño a la empresa se proyectaba a toda la población valluna. La llegada de alguno de los hijos o nietos de Thomas Bata (los dueños de la empresa internacional), así como de los empresarios, era motivo de celebración en la población.

“Todo Quillacollo se movilizaba, las actividades giraban en torno a su llegada, era una verdadera fiesta”, señala Óscar Gandarillas, extrabajador de la fábrica, encargado del Departamento de la Sección Goma.

En las escuelas, creadas por los trabajadores, las clases eran suspendidas. Los maestros preparaban horas cívicas de bienvenida. Los niños asistían con presencia impecable, y claro, estrenando calzados.

Trabajadores de la Manufactura Nacional Cochabamba (Manaco) celebran 71 años de labor. La Manaco transformó el ritmo de una población agrícola a una pujante ciudad de constante crecimiento.

La historia de Manaco nace el 4 de junio de 1940, cuando un grupo de inversionistas checoslovacos llegaron a Bolivia escapando de la tragedia y el horror que sembró la Segunda Guerra Mundial. Inicialmente, la ciudad de La Paz fue la sede de la fábrica, pero el encanto del valle quillacolleño cautivó la atención de inversionistas.

Quillacollo, con una tradición, predominantemente, agrícola sufrió un cambio drástico hacia la actividad fabril que impulsó la Manaco. Una síntesis de la población del valle formó su primera fuerza laboral; nobles campesinos e ilustres quillacolleños se sumaron al proyecto de los empresarios.

“Le entregué toda mi vida a Manaco, trabajé 43 años y me siento orgulloso. En los mejores años, llegábamos a fabricar hasta 10 mil pares de calzados por semana”, exalta Florencio Coca, trabajador entre 1949 y 1992. En el auge de las minas, la Manaco calzaba al 100 por ciento de los mineros y sus familias.

La pujanza de la empresa llegó a albergar alrededor de 1.800 trabajadores, que se cobijaron en la fuerza del Sindicado Fabril Manaco, creado un 12 de enero de 1944.

SINDICATO “El sindicato tenía una fuerza extraordinaria. Ni la Alcaldía, ni la Policía, ni el subprefecto tenían esa autoridad”, sostiene Santa Cruz. Los “manaqueños” gozaban del respaldo de toda población quillacolleña.

Pero, ¿cómo surge una fuerza sindical al interior de una empresa privada? Uno de los líderes emblemáticos, Óscar Olivera (1978-2000), destaca sus pilares fundamentales.

La esencia rural de los trabajadores fue, para Olivera, el cimiento de la fuerza organizativa. “Los trabajadores eran campesinos, labraban la tierra y conservaban el servicio y la convivencia”.

El segundo elemento fue la compatibilidad con los dueños de la fábrica, permitiendo establecer una singular relación obrero-patronal. “José Polazek (uno de los inversionistas) no era un empresario que vino a generar ganancias, tenía una actitud muy humana y emprendedora, y para las generaciones antiguas de trabajadores era considerado un papá más que un patrón”.

Finalmente, la identidad y unidad de los trabajadores era sellada con el “orgullo de pertenecer a la única empresa con tecnología de punta y trabajo sofisticado”, dice Olivera.

Las primeras conquistas laborales llevaron rápidamente a los trabajadores a incursionar en las reivindicaciones sociales y políticas. La recuperación de la democracia el 78, la resistencia a las dictaduras militares y la reposición de las organizaciones sindicales fueron parte de sus años de gloria.


En plena bonanza productiva, el “21060” es recordado por muchos como la caída de la empresa y el debilitamiento de la fuerza fabril. “Con la libre oferta y demanda empezaron los despidos. Sólo quedan 600 trabajadores”, recuerda Sabino Camacho, extrabajador, quien hasta ahora guarda, el orgullo de ser un “exmanaqueño”.

Tiene un club, una fraternidad y colegios

El dinamismo de la empresa impregnado en los trabajadores, le permitió a la población quillacolleña disfrutar de importantes creaciones como el añorado Club Deportivo Bata, la primera diablada Thomas Bata, el barrio Manaco, la escuela Thomas J. Bata, y campos deportivos como el complejo fabril y el coliseo.

Cada una de las obras marcaron la historia de tres generaciones. “El Club Bata surgió con la decisión de sus dirigentes, de ser una alternativa competitiva”, resalta el periodista deportivo, Rolando Gamarra, a tiempo de explicar las importantes contrataciones a jugadores de talla nacional e internacional.

La fundación de la Diablada Bata fue el inicio de la mayor fiesta de la integración nacional “Urkupiña”, que hasta entonces se reducía sólo a la participación de grupos autóctonos de comunidades rurales.

Las mejores unidades educativas privadas, “Thomas J. Bata”, y “San Martín de Porres”, fueron creados para la formación exclusiva de hijos de “manaqueños”.

Los barrios “Manaco”, “12 de Enero”, “Esmeralda” y otros más fueron impulsados para asegurar la vivienda y estabilidad de las familias que eran parte de la empresa de Quillacollo.
Fuente: La Opinión

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