Hay un ejemplo totalmente boliviano de lo que el cubano José Lezama-Lima llama la “picardía americana”. Una monja de ideas republicanas del Convento de las Carmelitas de La Paz, apellidada Parada, por 1811, según el historiador Ismael Sotomayor, era acosada por el mismo Diablo, quien a veces la golpeaba. Ésta es la picardía: la monja ahuyentaba a Satanás así: “¡Qué me pegas molestoso!” Inevitable es hacer una comparación con la solemnidad occidental de la españolísima Santa Teresa de Ávila ante una situación idéntica, la que dirá al demonio: “¡Oh, espíritu del Creador maldito, os conmino a retiraros!”.
Esta picardía también puede verse en el zorro Tihula de los relatos orales aymaras; quien disfrazándose de humano con un poncho y una chalina de vicuña, se vuelve el “terror de las cholitas”, dejando a todas enamoradas, sencillamente porque es el más “capo” del mundo.
También Mariano Melgarejo puede ser un ejemplo de una resistencia a ese complejo boliviano que siempre está buscando aprobación externa y una afirmación de esa picardía ya perdida. La anécdota es la siguiente: cuando llegó a manos de Melgarejo un almanaque británico Bristol y vio que en el mapa de América no figuraba Bolivia, no tuvo el menor inconveniente en borrar del mapa al Reino Unido y hacer que en todos los textos de los colegios se hiciese lo propio.
En algún momento de la historia boliviana se perdió esa picardía, esa capacidad de reírse desenfadadamente ante la solemnidad y se adquirió ese complejo boliviano de buscar el reconocimiento extranjero; muy probablemente, el modo en que se encaró la pérdida del Pacífico tiene parte de la culpa.
La picardía se trocó en lamentos, cargando la tara de la derrota. Víctimas del espectro de la pérdida del Pacífico y
—como si no fuese suficiente que nos hayan educado para llorar al mar y para achacar nuestro retraso a su carencia— cuando un gobierno pasa por un mal momento siempre trae el tema marítimo como recurso desesperado en busca de aprobación popular o de simple distracción.
La interpretación que el crítico Leonardo García Pabón ensaya sobre un episodio de la novela Felipe Delgado, de Jaime Sáenz, en su libro Patria íntima, es muy lúcida respecto a eso. El personaje de la novela, Delgado, viaja a Antofagasta y de vuelta trae una botella de agua de mar y otra (en idéntico recipiente) de aguardiente de uva chilena.
La primera es para dejarla en la tumba de su amada muerta Ramona Escalera, la otra para beberla. Cuando llega al Cementerio General, junto a su compañero Peña y Lillo, comete un error intercambiando las botellas, pero no se da cuenta sino cuando se dispone a beber el “aguardiente” y toma un trago salado de mar, pero están muy lejos para retroceder: dejó la botella de aguardiente en el campo santo. Es una señal, Delgado y su compañero Peña y Lillo no van por la botella correcta porque el azar ha decidido: “hay que ‘chuparse’ el mar”, literalmente, por más feo que sea, por más de que sepamos que al día siguiente tendremos el peor chaki de la vida, en busca de recuperar aquella picardía perdida; y eso es precisamente lo que hacen los personajes (¡salud!).
El cuento El pozo, en Sangre de Mestizos de Óscar Cerruto, sirve para hacer una lectura en espejo del tema de las pérdidas territoriales. En el relato, un escuadrón de soldados bolivianos (cambas, paceños, cochabambinos e indígenas), agobiado por la sed, cava infructuosamente, durante meses, un pozo seco; sin embargo, nunca encontrarán agua. La alegoría nacional que lee Pabón no es del todo satisfactoria: que los bolivianos logran unirse sólo gracias a una tarea inútil (cavar un pozo que nunca será más que un agujero, que por supuesto representa el sinsentido de la guerra). Tal vez habría que aplicar el método de la ficción (ya que de literatura se habla) e imaginar un personaje novelesco que viaja hasta los desiertos del Chaco, es atacado por una sed irrefrenable y, sin más, llena un recipiente de refrescante arena chaqueña del “pozo seco” de nuestro territorio perdido y se la toma de un trago, como diciendo que aunque se haya perdido la guerra, esa bebida metafórica sirve para reivindicar que Bolivia no sólo ha sido un país a la defensiva, sino que también agredió, con orgullo y picardía.
Fuente: La Razón

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